domingo, 10 de diciembre de 2017

El pesebre y la espiritualidad bíblica




El pesebre es uno de los símbolos que más evoca la Navidad. No ha podido ser desplazado del corazón, de los hogares y del imaginario de nuestro pueblo, ni siquiera por otros símbolos más comerciales. El aprecio y la emoción profunda que despierta se debe en buena medida a las profundas raíces de fe que encierra. Los valores estéticos y artísticos expresan una profunda confesión de fe en el misterio de la Navidad. El sencillo cuadro del niño que nace en el hogar de María y José expresa un elemento que pertenece a la identidad del Dios de la Biblia: el Señor de los cielos se alía con la humanidad al punto de tomar él mismo nuestra carne. Y este suceso tiene consecuencias muy ricas para la vida de la humanidad.

Acercarse al pesebre es contemplar un misterio a la vez asombroso, maravilloso, fascinante y lleno de una ternura indescriptible. Por eso, la desnuda sencillez del pesebre revela la frivolidad de otros símbolos que han llegado a última hora a atiborrar la Navidad. Al mismo tiempo, la profundidad espiritual que lo circunda denuncia los poderosos intereses económicos y comerciales que tienden a apoderarse de estas fiestas.

Dios y la humanidad se encuentran en el pesebre: Con un solo versículo el evangelista Lucas describe el nacimiento de Jesús: María dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en el alojamiento (Lc 2,7). Con esas pocas palabras testimonia un acontecimiento que supera cualquier descripción. Los hechos sobrepasan las palabras, de ahí que estas se reduzcan a las esenciales. Dios ha nacido en medio de la humanidad para que la humanidad pueda llegar a Dios. Cuando Lucas dice que María envolvió al niño en pañales y lo acostó en un pesebre, no piensa tanto en la modestia de Jesús cuanto en su plena humanidad. Más tarde llegarán los pastores a adorar al niño; los pañales y el pesebre son el signo que corrobora lo que los ángeles les habían anunciado (Lc 2,16).

Pesebre y tradición: Los relatos de Mateo (2,1-12) y Lucas (2,1-20) que narran el nacimiento de Jesús tienen raíces en narraciones del Antiguo Testamento (Is 7,13-14; 9,1). Lo que sucedió aquella noche fue enriquecido por la tradición cristiana con imágenes tomadas de la piedad popular judía y de las primeras décadas del cristianismo. Cuando hacemos nuestros pesebres o nos reunimos a orar en torno a ellos, la Palabra de Dios está presente en las oraciones, los villancicos y los gestos. Aunque la letra no refleje de manera directa las expresiones bíblicas, los villancicos recuerdan los himnos de gozo que se multiplican alrededor del sitio donde nació Jesús; las expresiones de fe representan la sencillez con la que se acercan los pastores; el entusiasmo familiar que se genera en torno al pesebre prolonga el ambiente de paz, alegría y sencillez de la primera Navidad.

Pesebre: donación de vida Los tres reyes magos son un elemento imprescindible en los pesebres y en la celebración de la Navidad. Su presencia en las tradiciones navideñas es rica en sentido. Claro que ellos no aparecen en los relatos evangélicos. Mateo relata cómo en los mismos días del nacimiento de Jesús, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando por el lugar del nacimiento. El oro, el incienso y la mirra que el evangelista Mateo pone en los cofres de los magos representan los mejores dones que la humanidad puede ofrecer al recién nacido. Si Jesús es el gran don de Dios a los hombres, los seres humanos solo podemos responderle presentándole lo mejor de nosotros mismos, nuestras mismas personas, nuestro corazón. En esto seguimos el ejemplo presente en algunos pesebres y en la iconografía navideña que muestran a los pastores ofreciéndole al Niño una pequeña oveja o su morral lleno de ropa y comida.

Gozo que se difunde En torno a la pesebrera donde nació Jesús, hombres y ángeles estallan en gozo: Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres, que él quiere tanto (Lc 2,14). Desde los cielos se proclama la paz sobre la tierra, una paz que comienza a reinar cuando la humanidad acoge a Dios y se deja querer por Él. Estos son dones gratuitos que trae el Niño nacido en Belén. No se requiere ninguna condición moral previa para ser amados por Dios. Basta comprender este movimiento de la gracia y dejarse inundar por la vida nueva que trae Jesús.

Además, es llamativo que quienes se acercan al lugar del nacimiento son personajes mal vistos por la ortodoxia religiosa judía: unos magos de oriente, es decir, extranjeros incrédulos, o unos pastores, gente considerada poco honrada y vistos más bien como un grupo de malandrines. Junto al pesebre se dan cita personas sin méritos, sin grandes obras de piedad, para mostrar que los primeros en acoger al Señor aquellos que sólo pueden esperar en la ilimitada misericordia de Dios. Y todos salen transformados por el gozo de lo que han contemplado en Belén.



CONCLUSIÓN

Alrededor del pesebre se celebran, se comparten y se aprenden los valores más profundos de la fe que nace de la Palabra de Dios. Una fe que no se basa en dogmas, sino en la mayor donación de amor que ha conocido la humanidad; una fe que no conoce de exigencias morales imposibles de cumplir, sino que se sintetiza en gozo, paz, alegría sin fin, y, por eso mismo, una fe que invita a la sencillez, la acogida y la fraternidad. Vamos, pues, corriendo a Belén, porque Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado y es su nombre Maravilla de Consejero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz (Is 9,5)



Tarcisio Gaitán, cp.

Publicado en: las memorias del “Festival de Navidad. XXXI Exposición de Pesebres” (Diciembre 2015), editado por el Museo El Castillo y el Taller del pesebre de Antioquia (Medellín, 2016) s.n.p.