domingo, 11 de marzo de 2012

Tiempo de Cuaresma



Cuarenta días en el desierto: símbolo de aridez, de prueba, de dificultad, de tentaciones, pero a su vez, símbolo de encuentro con Dios.

Nuestra vida es un permanente caminar, y en ese camino, solemos tener tiempos de desierto -que son dones para el alma-. Sí. Es la posibilidad de encontrarnos con nuestras flaquezas, y de descargar la confianza plena en el Amor. El silencio, la soledad, la austeridad de vida, la ausencia de “seguridades aparentes” hacen que la vida se disponga al diálogo. Suena paradójico, pero es cierto: un silencio que propicia el diálogo, pues silencia del ruido de los afanes de cada día y de la mente revoloteando sin rumbo. Sólo en esa pausa, nos encontramos con nosotros mismos, nos encontramos con Dios, y reconocemos nuestra relación con los demás.
Cuarenta días de oración, de ayuno y de limosna nos conducen precisamente a esas tres dimensiones humanas: la relación con Dios, que pasa por la relación y el compromiso con nuestros hermanos, pero que sólo es posible si nuestro interior está en armonía.
Estos tres pilares hacen que la vida vuelva a centrarse en lo importante. Estamos de paso por esta vida, y realmente se va rápido. ¿Qué estamos sembrando? ¿Qué cosechamos? Somos administradores, siervos de Dios, colaboradores de Su creación. No obstante, nos desgastamos la vida en asuntos efímeros, vanos, llenos de vanidad, y brillo por un minuto. ¿Para qué atesoramos riquezas que se llenan de polillas o que el tiempo las corroe?
Trabajamos para pagar deudas, nos endeudamos para tener, tenemos para “ser alguien dentro de la sociedad”… y para tener, nos gastamos el tiempo. No hay tiempo para el silencio, para compartir con los seres que amamos, no hay tiempo para el descanso y el ocio no programado, no hay tiempo para pensar en el tiempo. Como dice Michael Ende (en su libro Momo), somos como los hombres grises. Hay un corto circuito en nuestra existencia, en el sistema social en el que vivimos.
Sin embargo, la propuesta que Dios hace a la humanidad es siempre otra: volver a ser hombres, volver a nuestro lugar en la Creación. Y este desierto que recorremos durante cuarenta días o
cuarenta años es para descubrir la vida, conocer el Amor de Dios, su perdón y misericordia, su compasión, su ternura, su paciencia, su voz de aliento, y el maná o el alimento que no brinda cada día. La obra de Dios, pasa por los hombres, por esto, el pan, el perdón, la misericordia, el consuelo, el amor, se hace vida en la relación de nosotros con los demás. Oración, ayuno y limosna van unidos y se hacen expresión en la caridad. De nosotros depende recorrer y vivir
estos cuarenta días de éxodo para llegar a ser hombres y mujeres nuevos comprometidos con la historia.