En esta Jornada Mundial de la
Vida Consagrada, unos pensamientos que nos ayuden a caminar en el seguimiento
de Jesús.
1. Las lecturas bíblicas de la
fiesta destacan la humanidad de Jesús. Es proclamada de muchas maneras y sin
sombra de duda. La presentación en el Templo es un rito judío, “escrito en la
ley del Señor” (Lc 2,22.23.24). Varias veces dice el evangelista Lucas que los
padres de Jesús manifiestan con su comportamiento que Jesús es un niño judío
con quien se cumplen los ritos y costumbres religiosos de la época. Además, el
evangelio termina mencionando el proceso de maduración humana que vivió Jesús:
“iba creciendo, robusteciéndose, se llenaba de sabiduría” (Lc 2,40.52). El
escrito a los hebreos lo dice de modo hermoso y sintético: “se hizo semejante
en todo a sus hermanos… Cómo él ha pasado por la prueba del dolor, puede
auxiliar a los que ahora pasan por ella” (Heb 2,17-18).
2. Asumir lo humano, hacerse
“semejante en todo a sus hermanos” fue la vía para acercarnos al Padre. El
evangelio afirma implícitamente que la vía para hacerse hijos de Dios es entrar
en un camino de humanización. La humanidad de Jesús fue el medio que tuvieron a
mano sus discípulos para percibir su divinidad. Eso lo intuyó Simeón cuando
proclamó que el Niño era la “luz de las naciones” (Lc 2,32). Él es el agua viva
que sacia la sed de trascendencia de todo ser humano. Siguiéndolo a él
alcanzaremos nuestra plena vocación humana. Claro que Jesús será una bandera
discutida y rechazada hasta la muerte. Una espada traspasará el corazón de
María.
3. Los seguidores de Jesús sólo
pueden ser luz como Él, irradiación de esa Luz mayor que es el Padre. Si por
momentos la sociedad parece andar patas arriba; si destruimos sin freno la
madre tierra; si pareciera haberse archivado la compasión; si nos escandalizamos
por lo que muestra una actriz, pero no por los millones de desplazados que hay
en nuestro país; si hay tanta confusión y tiniebla, es porque faltan grandes
rayos de luz.
Esta no es una jornada para la
felicitación, sino para la revisión y para afinar nuestro seguimiento de Jesús.
Que ojalá el Señor no nos deje tranquilos cuando vacile nuestra luz. Que ojalá
nos remuerda la conciencia cuando no seamos capaces de ser solidarios como Él.
Que no permita que los consagrados pensemos, y peor aún, que actuemos, como si
fuéramos mejores que el resto de la humanidad. Más bien, que Él nos haga sal de
la tierra y luz para toda la humanidad.
Tarcisio Gaitán, cp.